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Mi historia es real. Únicamente cambiaré algunos datos para que no me puedan identificar.

Me llamo Ana y vivo en un pueblo del centro de España. No diré donde, evidentemente.

Tengo 33 años y soy fisioterapeuta. Trabajo en el pueblo donde vivo y soy muy conocida por mi trabajo, en el que atiendo a bastantes de mis vecinos.

Estoy casada con Luis desde hace ya 8 años con quien tengo dos hijos a los que adoro y amo con toda mi alma.

No obstante, esta maldita crisis me ha afectado directamente. Hace tres años todo iba muy bien en mi trabajo y tenía una socia y amiga en el centro de fisioterapia que habíamos montado juntas.

Supongo que ella vio venir la crisis y me vendió su parte del negocio. Sinceramente creí que era una oportunidad. En ese momento el centro funcionaba a todo gas y no di demasiada importancia al crédito de 10 años que tuve que pedir al banco, crédito que se sumaba a la hipoteca por el piso que compramos en pleno boom inmobiliario, o sea, a casi el doble de su precio actual.

La cuestión es que la deuda de casi 2.500 euros mensuales que suman la hipoteca y el crédito son una losa cada vez más insoportable de aguantar.

Luis, mi marido, perdió el trabajo en la empresa donde llevaba trabajando más de 10 años y hace ya un año y sólo trabaja en lo que le va saliendo, con lo que el sustento de la familia soy yo y lo que yo gano con la consulta apenas suma para cubrir los préstamos. LLegado el punto de deber 3 cuotas de la hipoteca, el banco nos amenazaba con desahuciarnos si no abonábamos la deuda en 30 días, algo a todas luces imposible. Todo esto afecta en casa lógicamente, sobretodo a Luis, que está hundido moralmente por una situación a la que no vemos ninguna salida.

Todo esto que he contado se la acababa de contar al Sr. Alfredo mientras le trataba la espalda tumbado en la camilla de mi oficina. El Sr. Alfredo es un paciente que tengo desde hace unos 3 años y que viene semanalmente a que le trate sus dolencias. Desde luego no puedo decir que seamos amigos pero después de tanto tiempo y la presión que soporto, hicieron que le contara mis problemas y confesarle que no era una cuestión puntual, sino que al menos durante el tiempo que quedaba para pagar el crédito, no sabía como conseguir regularmente unos 2000 euros cada mes, cifra que yo calculaba que nos permitiría a mi familia y a mi a tirar adelante, justos, pero adelante en definitiva.

Alfredo, que escuchó mis penas con atención, tiene 58 años y quedó viudo hace un par de años. Es muy educado y pese a se mayor y estar sólo, se cuida bastante, pese a unos quilos de más que le digo que debería quitarse de encima.

Además Alfredo, es uno de mis mejores pacientes, ya que me proporciona unos 400 euros mensuales con sus visitas regulares. Casi nunca faltaba a sus dos sesiones semanales los martes y jueves a penúltima hora.

La semana siguiente en que vino Alfredo a la consulta, le noté algo distante y nervioso. Prácticamente sólo me preguntó si mis problemas se resolvían, lo que tuve que negar.

Faltaban sólo unos días para que venciera el plazo que el banco nos había dado antes de quedarnos en la calle sin prácticamente recursos y con dos hijos.

Tuvo que transcurrir todavía otra semana para que comprendiera el nerviosismo de Alfredo. Llegó el martes siguiente y Alfredo no se tumbó en la camilla sino que directamente me dijo:

- Anna, me muero de vergüenza por lo que te voy a proponer. Lo he estado meditando mucho y puede que después de lo que voy a decir no quieras verme más. Si es así lo entenderé pero te pido que si no estás de acuerdo, lo olvides, como si no te hubiese dicho nada.

- Sr. Alfredo, con los problemas que sabe Ud. que tengo, no creo que nada pueda afectarme mucho. Dígame

- Como sabes, hace tiempo que envuidé. Soy un hombre y tengo necesidades y nunca he ido por ahí con pelanduscas. Se de tu situación económica y quiero proponerte, Dios mio que nervioso estoy, …

Yo seguía oyendo al Sr. Alfredo y todavía no alcanzaba a comprender la situación que se me iba a presentar.

- No soy una persona rica pero si que he estado haciendo cuentas y quiero proponerte que me ayudes en mis necesidades como hombre. Ya me entiendes…. – El Sr. Alfredo estaba rojo de vergüenza, pero iba lanzado y prosiguió:

- Puedo permitirme pagarte 1200 euros mensuales por 2 horas a la semana de sexo contigo. No quiero ir con fulanas, disculpa la palabra, y prefiero a alguien de confianza como tú. Si aceptas, seguiré con tu tratamiento y además, tras tu último paciente los martes y jueves vendré una hora para lo que te he propuesto.

No podía creer lo que estaba escuchando. El educado Sr. Alfredo proponiéndome ser su amante, su puta, o lo que sea. Supongo que vio mi cara y se dio cuenta.

- Lo siento Anna, no creía ser yo el que hablaba. Te pido disculpas. Olvida lo que te he dicho y ya me voy. No volverás a verme. Créeme que lo siento.

Yo todavía estaba callada y en estado de shok cuando el Sr. Alfredo abrió la puerta del centro y se marchó. En 10 minutos vendría el último paciente del día y estaba alucinada. Pero al instante pensé en lo que nos haría el banco si no pagaba las deudas y en que si el Sr. Alfredo se iba perdería además los 400 euros mensuales que me pagaba como paciente. También me acordé de Luis y de mis hijos y un ataque de vergüenza y un estremecimiento recorrió mi espina dorsal por lo que iba a hacer.

Abri la puerta y le llamé. Éste sólo estaba a50 metrosy se volvió sorprendido. Entró de nuevo en la consulta con cara de expectación.

- Sr. Alfredo, odio tener que decirle esto pero acepto su propuesta. Conoce mi situación y no puedo hacer otra cosa. Venga a las 8h después de mi último paciente y traiga sus 1200 euros, aunque está lejos de lo que necesito o sea que no creo que sirva de mucho.

El Sr. Alfredo se fue y yo me quedé con una sensación de irrealidad por lo que había sucedido. Pensaba en ir al banco con los 1.200 y ganar tiempo hasta encontrar una solución, intentando prorrogar el desahucio. Y con el Sr. Alfredo sólo sería sexo. Sería asqueroso y denigrante, pero no debía pensar en nada y debía procurar que se satisficiera lo antes posible.

Llegó el último paciente del día y prácticamente ni hablamos. Yo tenía la cabeza a punto de estallar por los nervios pensando en lo que sucedería cuando él se fuera.

A las 8 menos diez de la noche despedí a mi paciente y esperé hasta las 8 por si venía el Sr. Alfredo, muerta de nervios y remordimientos.

A las 8 en punto sonó el timbre de la consulta y abrí. Me quedé perpleja. Ahí estaba el Sr. Alfredo con el Sr. Dionisio, el farmacéutico, gran amigo suyo. No entendía nada.

Pasaron dentro y me dijeron que cerrara la puerta con llave, lo que hice sin preguntar nada.

El Sr. Alfredo fue directo al grano.

- Ana, como sabes, Dionisio y yo somos muy amigos. El pasa por un trance similar al mio, ya que su mujer no le hace caso sexualmente desde hace años. Me he permitido quedar con él y contarle la propuesta que te he hecho. – No era extraño que su mujer no le hiciera caso. El Sr. Dionisio, de unos 65 años, era bastante desagradable. Pesaba al menos 15 kilos más de los que debería y era realmente feo, con una nariz y una boca demasiado grandes y especialmente desagradables y padecía una ligera cojera.

- La cuestión es que se que con lo que yo te ofrezco no tienes suficiente. por lo que te proponemos que en vez de yo pagar 1.200 euros al mes por dos horas a la semana de sexo, te ofrecemos 2.000 euros por lo mismo pero los dos. Yo me ahorraré un dinero y tú saldrás adelante.

No podía creer lo que escuchaba. Les dije que se fueran. Había caído muy bajo y había estado a punto de cometer una locura para salvar a mi familia. Pero aún así, estaba derrotada por no saber como salir adelante. Con lágrimas en los ojos por la humillación que estaba viviendo, les dije que se fueran, pero sacaron un sobre y me dijeron que lo abriera. Temblorosa, lo abrí y contenía 2.000 euros.

- Si aceptas y nos haces disfrutar - dijo el farmacéutico - el primer día de cada mes tendrás un sobre igual

Me senté en el sofá de la sala de espera de la consulta, totalmente derrotada y con el sobre en mis manos. Estaba como en trance mientras El Sr. Alfredo y el Sr. Dionisio me observaban expectante.

Al cabo de unos minutos les dije:

- Está bien. Cuando quieren que sea y con quien primero.

- Ana, - dijo el Sr. Dionisio - no creerás que podemos soportar esperar a tocarte? Esta vez lo haremos los dos a la vez.

No podía creer lo que escuchaba, pero ya no había vuelta atrás. Era ceder a la propuesta de esos dos o quedar en la calle y perderlo todo.

Denme 5 minutos para ir al baño, les dije.

Fui al baño y me miré. Llamé a casa y dije a Luis que tardaría una hora y pico más para terminar unos informes.

El Sr. Alfredo y Dionisio, estaban a punto de tirarse a una mujer que no podían ni soñar.

No he hablado de mi, pero tengo 33 años. Soy rubia, con el pelo a media melena y algo rizado hasta los hombros y tengo los ojos verdes, unos ojos felinos casi hipnóticos, según me han dicho en numerosas ocasiones y que hace que la gente se quede embobada mirándome.

Mido 1,65 y tengo un cuerpo perfecto gracias a la genética que me dio mi madre. Tengo unos pechos ni muy grandes ni muy pequeños que a mi marido le vuelven loco y un trasero que cuando me agacho provoca miradas lascivas en los hombres que me rodean y miran disimuladamente. De hecho de joven, cuando tenía 22 años, hice algunas campañas como modelo de bañadores y ropa juvenil para poder pagarme mis estudios y caprichos.

Y en unos momentos estaría en manos de 2 personas que podrían ser mi padre.

Me enjuagué las lágrimas, me limpié como pude y salí fuera.

Que quieren que haga?

Me cogieron del brazo y me sentaron en el sofá de la consulta. Se sentaron uno a cada lado y me desabrocharon lentamente, sin brusquedad, los botones del uniforme que uso en la consulta, tipo al que usan las enfermeras. Una bata que llega sobre las rodillas.

Como era verano, debajo de la bata llevaba una falda tejana corta hasta la rodilla y una camiseta de tirantes.

Mientras el farmacéutico me morreaba con desesperación, recorriendo con su lengua toda mi boca, me quitaron la camiseta y cuando llegaron a la altura de mi sujetador negro, me empezaron a magrear los pechos. El Sr. Dionisio me lo desabrochó en un momento y aparecieron mis pechos desnudos. Parecía que mis pezones rosados y duros por los nervios, que no por la excitación, les volvían locos. Ambos se lanzaron con delicadeza pero con ardor a chupar y morderlos mientras el Sr. Alfredo deslizaba su mano hasta mis braguitas, introduciendo su mano hasta mi sexo.

Si alguien piensa después de leer los relatos de esta página que esto puede ser excitante para una mujer, se equivoca. Estaba siendo violada por dinero. Yo estaba bloqueada y no hacía nada. Sólo me dejaba tocar.

El Sr. Alfredo y Dionisio jadeaban como perros agotados. Tras unos 5 minutos lamiendo y succionando mis pechos, el Sr. Dionisio se levantó y se puso delante de mí. Se bajó los pantalones y los calzoncillos, con lo que pude ver su pene casi erecto por debajo de su gran barriga.

Chúpamela, me dijo sin más.

Mientras tanto el Sr. Alfredo seguía devorando mis pechos e introducía sus dedos en mi sexo ya húmedo por el roce.

Como no obedecía al Sr. Dionisio, cogió mi cabeza con sus dos manos y la dirigió a su pene.

Lógicamente con Luis practicábamos el sexo oral, algo que le vuelve loco, pero era algo que únicamente lo hacía con él. Únicamente de muy joven lo practiqué un par de ves con un novio que tuve. Y ahí estaba yo con el pene de un viejo gordo a escasos centímetros de mi boca.

El Sr. Dionisio no había tenido ni la delicadeza de asearse al venir a la consulta. El intenso olor de su miembro inundaba mis fosas nasales. Cuando abrí la boca y me introdujo su pene, más corto y grueso que el de mi esposo, endureció totalmente en unos instante.

El Sr. Dionisio estaba en éxtasis y movía rítmicamente su cuerpo, introduciendo su pene hasta la campanilla y sacándolo totalmente de mi boca de vez en cuando para volver a introducirlo lentamente mientras con una mano apresaba uno de mis pechos y se regodeaba observando la felación que me veía obligada a practicarle.

El Sr. Alfredo había dejado de chupar mis pechos y estaba también de pie junto a Dionisio, esperando lo mismo.

Me di cuenta de que lo mejor era terminar cuanto antes y pensé en el sobre que podría tener cada mes si les gustaba como prostituta.

Como ropa sólo llevaba la bata y el sujetador, que caían hasta mi cintura. Me puse de rodillas entre los dos y traté de emular las escenas pornográficas que había visto en ocasiones junto a mi marido.

Mientras con mi boca masturbaba a Dionisio, mis manos acariciaban los testículos del Sr. Alfredo. Al cabo de un minuto, cambiaron las tornas. El Sr. Alfredo me indicó que me dedicara a él también. Abrí la boca y empecé a succionar ese pene entre sus jadeos, intentando imaginar que era mi marido quien me follaba la boca.

Dionisio me hizo poner de 4 patas en el suelo y empezó a follarme por detrás. Estaba a su merced y ellos lo sabían. Las circunstancias me obligaban a soportar cuanto quisieran hacerme.

Mientras Dionisio me follaba como un loco, jadeando de placer, mis pechos bailaban entre sus manos. El Sr. Alfredo, sin pantalones y sentado en el sofá de la consulta, introdujo su miembro en mi boca. El ritmo de la felación que le estaba haciendo venía marcado por los rítmicos golpes de las embestidas de su amigo mientras me follaba desde atrás.

Así cambiaron de posición un par de veces y yo sólo deseaba que terminasen cuanto antes para irme. En ese momento pensé que por suerte tomaba la píldora, por lo que no temí quedar embarazada. En ningún momento pensé en posibles enfermedades venéreas por no usar condón. Únicamente luego pude comprobar con alivio que por suerte estaban limpios en ese aspecto.

El farmacéutico, que me estaba follando en ese momento por detrás, empezó a acelerar el ritmo cogiéndome al mismo tiempo fuertemente las nalgas. Introdujo su miembro hasta el fondo y se corrió entre gritos de placer. Percibí con profundo asco el ligero calor de su esperma derramándose en mi interior y noté como parte de él salía de mi vagina. Mientras tanto, el Sr. Alfredo aceleró también su ritmo y separó un poco su pene de mis labios.

- Por favor Ana, abre la boca - dijo jadeante de placer – Incluso en esas circunstancias el Sr. Alfredo guardaba cierta educación, ya que recuerdo perfectamente como me lo pidió por favor.

Abrí la boca con profundo asco y saqué un poco la lengua. El Sr. Alfredo apoyó en ella su glande y se corrió como creía que no podía hacerse. Mi lengua nadaba en su semen y noté como su primer e intenso chorro fue directo a mi garganta.

El asco me revolvió el estómago pero aguanté y no devolví nada.

Me puse de rodillas y ahí estaba frente al espejo de mi consulta. Lo que ví podía haber sido extraído de una película pornográfica.

Entre mis títulos como fisioterapeuta colgados en la pared de la consulta, podía verme a mi misma en el espejo de cuerpo entero que tengo ahí: Una chica rubia de cuerpo escultural, entre dos viejos totalmente salidos y extasiados, con el semen de uno de ellos chorreando de mi vagina. De mi boca entreabierta fluía el espeso semen del Sr. Alfredo, parte del cual se deslizaba por mi pecho hasta mi pezón, donde terminaba goteando al suelo de mi consulta.

El Sr. Dionisio y el Sr. Alfredo también se fijaban en la situación y no salían de su asombro. Ni ellos mismos podían creerse que me hubieran usado a su voluntad sin yo oponer ninguna resistencia. Pensé que ya habrían terminado, pero en 10 minutos, ya algo repuestos, se sentaron ambos en el sofá de la consulta. El farmacéutico, como queriendo humillarme todavía más, me dijo que me desnudara totalmente, por lo que me quité la bata que todavía tenía alrededor de la cintura.

Con un pañuelo, me tapó los ojos y me hizo ir hasta ellos gateando desde el final de la sala de tratamiento. Era humillante pero no podía hacer otra cosa.

Mientras iba hacia ellos a cuatro patas, totalmente desnuda y con los ojos vendados, notaba como mis pechos oscilaban. Yo no les veía pero oía sus respiraciones aceleradas y escuchaba como si se estuvieran masturbando. Todavía notaba el sabor del semen del Sr. Alfredo en mi boca y como el esperma del Sr. Dionisio mojaba mis muslos.

Cuando llegué hasta ellos, tuve que realizarles una felación a la vez. Mis labios estaban adoloridos y no sabía cuando terminarían. Mientras hundía un miembro hasta el fondo de mi boca, mi mano acariciaba los testículos del otro, intentando que terminaran lo antes posible y poder así volver a mi hogar, junto a mi marido y mis hijos, a quienes no sabía si podría mirar a la cara. Como podría disimular lo que tenía que hacer para salir adelante?

Sus respiraciones se aceleraban y oía sus jadeos de placer. De vez en cuando incluso tenía que chupar los dos miembros a la vez, introduciéndolos los dos en mi boca al mismo tiempo. Después de una media hora de únicamente chupar y lamer, noté como el Sr. Dionisio jadeaba más fuerte y su pene engordaba, notando sus hinchadas venas a través de mis labios. Hundió su pene en mi boca y eyaculó un semen espeso y a borbotones Todavía con el semen en la boca, el Sr. Alfredo volvió a colocar su pene en la punta de mi lengua y volvió a correrse por segunda vez.

Con el semen de ambos en mi boca, no sabía qué hacer para satisfacerles completamente. Estaba de rodillas frente a ellos con los ojos vendados y su semen escurriéndose por la comisura de mis labios. Era los más asqueroso que jamás había hecho. En mi vida pensé que podría realizar algo así, pero ahí estaba yo, pensando incluso mientras aguantaba las arcadas que enviaba mi estómago, si debía hacer algo más. Era consciente que debían irse totalmente satisfechos si quería ese sobre todos los meses.

Recordando escenas parecidas de películas pornográficas y consciente de que me estaban observando totalmente extasiados, dejé caer una pequeña parte de su esperma por mis pechos, con el que humedecí mis pezones con movimientos circulares con ayuda de mis dedos y el resto lo tragué lentamente. Con mi dedo índice, recuperé el semen que todavía se escurría por la comisura de mis labios y volví a introducirlo en mi boca.

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El Sr. Alfredo y el Sr. Dionisio, entusiasmados por una sesión de sexo que jamás hubieran soñado, se vistieron y se marcharon, diciéndome que el jueves volverían los dos. Que decidiera si quería aprovechar el tiempo y hacerlo con los dos a la vez o con uno cada vez.

Regresé a mi casa, donde mis hijos ya dormían y saludé desde lejos a Luis para que no me oliera. Fui directa al baño y me duché varias veces, intentando eliminar el olor que impregnaba mi cuerpo. Hice de tripas corazón y me prometí que ya que había hecho lo que había hecho, seguiría con ello si ello permitía salvar la economía de mi familia. Y me hice prometer que nadie pudiera nunca sospechar nada por mi actitud.

Por eso, una vez duchada, salí del baño envuelta en una toalla, fui directa al sofá, junto a mi marido. Le besé ligeramente en los labios y me inventé que había llegado a un acuerdo con el servicio sanitario de la Comunidad y que me subvencionarían el centro y me enviarían a más pacientes, con lo que podríamos tirar adelante. Una gran noticia, dije intentando parecer lo más entusiasmada posible.

Luis se puso muy contento pero estaba cansado cuando le propuse hacer el amor. Aunque me sentía agotada, quería que la última persona con quien hubiera hecho sexo fuera él. Inútilmente quería borrar el recuerdo de lo sucedido una hora antes y guardar el sabor de la persona que amaba y no de otra. Por ello, le bajé lentamente el pijama y le hice, ante su sorpresa y sin decir nada más, la mejor mamada que jamás hubiera hecho.


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