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La procesión avanza. Nuestro Gran Maestro va pasando rodeado de sus fieles y esa especie de guardia personal que siempre le acompaña en las ceremonias. Todos llevan extraños vestidos. Algunos de sus escoltas portan fustas y otros correas que terminan en collares vacios. Las mujeres sujetan un pequeño palio.

Los guardias avanzan hacia ellas. Las van desnudando mientras nosotros, los acólitos, contemplamos la escena de lejos y coreamos esas letanías.

Pudorosamente Miriam intenta cubrir su sexo con la palma de la mano abierta y sus pechos con el brazo. Casi todas hacen lo mismo. Están allí, juntas, pegadas unas a otras, tratando de ocultarse. Cuando han desvestido a la última salen en fila india. La veo caminar desnuda, con la timidez que le conozco. No puede evitar que sus pechos den pequeñas oscilaciones de un lado al otro. Por mucho que lo intente son demasiado grandes para que los cubra del todo. Miro a las demás. El baile de las nalgas desnudas me excita. Imagino que al resto de los presentes les ocurrirá lo mismo.

Al llegar a la especie de piscina las van empujando. Salen por el otro lado y suben la escalerilla. Todos vemos sus desnudos cuerpos, empapados y brillantes a la luz de las antorchas. No pueden taparse y recogen lo que las entregan.

Murmullos. Comentarios obscenos acerca de cómo están. Más de uno va dirigido a Miriam, sobre todo por sus pechos. Prefiero no revelar que es mi novia, aunque tarde o temprano lo sabrán.

Pasados unos cinco minutos regresan y se colocan alrededor del semicírculo. La veo de frente, expuesta ante nosotros. Las han vestido a todas con unas extrañas túnicas. Parecen muchos pliegues.

Él se sitúa detrás. Ellas no vuelven la cara, solo cuando las llama por su nombre. Veo cómo su mano se interna entre los pliegues. No, no son pliegues. Ahora comprendo la intención del vestido. Son franjas de tela superpuestas y no unidas entre sí, que simulan un plisado. De una en una va comprobando la turgencia de sus nalgas, el delicado perfil de cada cuerpo.

Parece haber elegido ya. Se coloca detrás de Miriam. Tiemblo y, sin embargo, deseo que siga adelante. Está tocando sus pechos a la vista de todos. Creo que se está restregando contra sus nalgas. Y ella se pone aun más colorada.

La otra mano se interna entre las piernas. Veo la contracción del cuerpo. Se encoge, se tensa. Juraría que le está tocando el coñito. Me temo que no me equivoco, es evidente para mí… y para todos Le da vergüenza, pero se va abandonando al placer, a la seguridad de las palabras que va escuchando de él en su oído.

Lentamente se va recostando sobre el Gran Maestro. Va dejando que su espalda repose sobre su pecho. Su mano puede ahora maniobrar con más facilidad, la otra jugar y manosear los pechos de Miriam a su antojo.

Él ha ganado la batalla, va cediendo su pudor. Intenta agarrar su mano, va a comenzar a gemir. Por fin lo hace. La está masturbando ante los ojos de todos y parece que está gozando. Detrás de mí, en voz baja, alguien la llama puta.

Su cabeza inclinada, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Pequeños gemidos que, aun así escucho desde mi posición. Un gesto de abandono, su cabeza cae ladeada sin fuerza. Perfectamente el Gran Maestro manipula su cuerpo a su capricho. El ejerce su poder y la mano oculta entre los pliegues debe estar recorriendo a sus anchas todo su sexo.

Parece que las piernas no la sostengan. Se retuerce. Su cadera oscila de un lado a otro. A veces como tratando de huir de su mano, otras –lo sé- buscándola. Ladeando la cabeza permite que el Gran Maestro bese su cuello. Completamente entregada toma la otra mano del Gran Maestro y la aprisiona contra sus pechos. Restriega sus nalgas. Tiembla, se convulsiona, con su rostro desfigurado por el placer. Su respiración se acelera, termina por explotar y grita.

Aun respira jadeante. El Gran Maestro por fin retira su mano y la alza. Sus dedos brillan. Están húmedos bañados por los jugos de Miriam, de mi novia. Es evidente que ella se ha corrido y detrás de mí vuelvo a escuchar los murmullos de complicidad con los mismos que hace unos instantes la llamaron puta.

No sé que le dice el Gran Maestro, pero vuelve la cara. Sumisa, camina cabizbaja con la mirada clavada en el suelo, sin atreverse a levantarla. Al llegar a la estantería coge algo. Una especie de espumadera de madera muy rara. Sigue mirando al suelo. Se la entrega ofreciéndosela por encima de su cabeza. Obediente, sin atreverse a mirarle.

La gira la exhibe ante todos, la luce, mientras Miriam parece estar llorando. La tumban de bruces. Ni siquiera se molesta en hacerlo él, lo hacen dos de sus acompañantes, sus dos privilegiados lugartenientes. Luego, varias mujeres se colocan a los lados impidiéndonos ver qué hacen, cómo la colocan. De repente suena el primer golpe. Solo escuchamos cómo resuenan sus nalgas. Los golpes secos, sus lloros…

Por fin se retiraran. Y por unos instantes me mira triste, como si yo le diera pena. De nuevo la levanta y la exhibe. Delante de todos vuelve a manosear su cuerpo introduciendo las manos por los falsos pliegues. Ha sobado todo su cuerpo, en especial los pechos. Sí, sobre todo los pechos. Quizás por eso la eligiera.

Suavemente la vuelve a reclinar hacia adelante sobre esa especie de gruesa barandilla acolchada. Sé lo que va a pasar pero no quiero reconocerlo. No quiero. Me sigue mirando llorosa. Su carita me lo dice todo mientras él manipula en su vestido por detrás. Sabe perfectamente lo que va a pasar. Me mira asustada, lo veo en sus ojos.

Dentro de su cabeza hay una terrible lucha. No quiere ser penetrada, pero debe obedecer a nuestro Gran Maestro. Le veo manipular sin parar sus ropas. Le veo sobar impúdicamente su entrepierna desde atrás.

No sé si lleva o no ropa interior. Imagino que, si la han puesto braguitas, las estará apartando ahora. Tal vez se las esté arrancando de un zarpazo. Ese es su derecho, su privilegio.

No veo nada. Solo sé que manipula entre sus ropas desde atrás. Sé donde toca. Es suficiente con mirar la carita de vergüenza de Miriam, la escogida. Colorada, asustada. Un sobresalto..., un empujón... un gesto de dolor. Ha aguantado el chillar. Un empujón aun más fuerte y ahora no puede reprimirse. De nuevo veo un gesto de dolor en ella, pero en él, su rostro es la viva muestra de la satisfacción. Firme, prepotente, lo ha conseguido. Se ha apoderado del cuerpo de mi novia. Por fin aprendo del líder cuál es la imagen del triunfo –del Poder-. Seguro que ha conseguido meter hasta las bolas. Toda. Se la ha incrustado toda.

Se detiene un segundo, como queriendo disfrutar del instante, como queriendo disfrutar ante nosotros de lo que acaba de hacer, recreándose en cada gesto. A mí me parece una eternidad. Sí, disfrútalo –me digo-, acabas de desvirgar a mi novia, y ahora le vas a echar el primer polvo de su vida.

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Miriam se aferra a la especie de barandilla. Veo como sus dedos se agarran, se clavan como garras retorcidos por el dolor. Se retira un instante. Es un amago, porque un brusco empujón y veo en sus preciosos labios otro rictus de dolor. Llora en silencio, apretando los dientes con cada embestida. Veo mover su cuerpo, le veo arremeter con todas sus fuerzas. Tiene que conseguir doblegarla física y psíquicamente.

Por fin le arranca un breve grito y él sonríe satisfecho. Le veo retirarse, le veo volver a empujar. Pero ahora cada vez que empuja y consigue hacerla gritar y sonríe. La retiene por las caderas mientras la penetra furioso aplastando su pecho contra la barandilla. Consigue que encadene sus gritos. Cuando él quiere hacerla chillar, lo hace. Cuando solo quiere entrar en ella y demostrar que su coño le pertenece se limita a empujar lentamente, como si quisiera hacerla notar toda la extensión de su miembro.

Sé que su pene la está destrozando el coñito. No puedo verlo pero lo sé. Las extrañas túnicas tienen esa finalidad, impedir que veamos su cuerpo. Nadie puede verlo pero todos sabemos lo que está haciendo a mi novia. Observo que muchos hombres disimuladamente han ocultado su mano entre la túnica. Sé lo que hacen. Otros se han sentado y ordenan a la mujer más próxima que se metan bajo las faldas. Nada está a la vista, pero todo es evidente.

Mi corazón se encoge al ver cómo un hombre desvirga a mi novia delante de todos. Pero no es un hombre cualquiera: es el propio Gran Maestro. Lo habíamos hablado decenas de veces. Ella me lo reservaba para mí, para nuestra primera noche. Nunca hubiéramos imaginado que sería así. Mi pene está rígido, a punto de explotar y ni siquiera me he tocado. Ahora ella se lo ha entregado, le ha dado lo que era mío.

Le veo cerrar los ojos. Sé que se acerca el momento. Su cara no miente. Sí, su sonrisa es de placer. Está llegando al éxtasis. Se aferra a sus caderas. Y penetra con tanta energía que hace que el cuerpo de mi novia se tense. Agarrada por el pelo, su pene ha tenido que entrar muy, pero que muy adentro. Dentro de nada su semen inundara el recién estrenado coñito de mi novia. Un empujón. Un potente grito, un sonido gutural que le sale de dentro. Adivino un potente chorro de semen. Llego a contar hasta cinco. Ahora es todo quietud y silencio. Miro avergonzado cómo mi túnica está sucia.

La veo fatigada. Todo ha terminado. Aliviada porque todo ha terminado. Inmóvil, supongo que dolorida. No sé definir lo que expresa la cara de mi novia. Cuando me mira siente vergüenza, cuando mira a su entorno creo que orgullo, cuando le mira a él descubro un matiz de adoración.

Parece que todo ha terminado. Lo ha hecho, se ha entregado a él. Se supone que tiene que estar agradecida. Se ha dignado en germinarla, como si fuera una planta. Así se anunció. Hoy será un gran día dijeron. Hoy nuestro maestro escogerá a una afortunada. Y consentirá copular con ella hasta depositar su semilla dentro de su cuerpo, hasta germinarla. Sé que mi novia tendrá un hijo. No sé por qué, pero el tiene sus razones. Mi novia vuelve a colocarse como antes, descansa hasta que reciba una nueva orden.

La procesión comienza de nuevo, pero mi novia es apartada del grupo. Ya no es virgen. Él se ha dignado. Uno de sus escoltas rodea su cuello con un collar.

Ahora la llevarán al centro. Allí la desnudaran. Todos la vernos desnuda. El Gran maestro la ha arrebatado su virginidad y ahora procede arrebatarle su dignidad ordenando que la desnuden delante del resto de congregados. Lo harán algunos de sus guardias. Todos la veremos. Todos veremos cómo van descubriendo sus pechos, como se aprovechan y soban su cuerpo. Le sujetan los brazos. No le dejan que se tape, que se esconda detrás de ellos. El Gran maestro, presumido y orgulloso quiere que veamos la hermosura de su nueva amante.

Los guardianes la giran en redondo. Le hacen dar vueltas sobre si misma. Quieren que la veamos desde todos los ángulos. Miradas lascivas recorren su cuerpo. Miro sus pechos. Su coñito recién estrenado. El saber lo que acaba de hacerla me excita.

Una cadena. Gatea, no le queda otro remedio. A cuatro patas, sé que se dejará arrastrar a su habitación hasta que él quiera volver a hacerla suya. Así será día tras día, noche tras noche hasta que quede embarazada. Solo entonces volveré a ver a Miriam.

Sí –así se me ha indicado-, sólo podré volver a verla cuando su vientre esté abultado. Sus pechos habrán crecido, sus pezones tendrán oscuras y enormes aureolas. Pero hoy saldrá completamente desnuda conducida desde el collar, encadenada. Y caminará sumisa como lo están haciendo todas esas mujeres. Todos verán su cuerpo desnudo. Tendrá la mirada cargada de orgullo por ser una de las escogidas.

Conozco el ritual. Cuando de a luz, será entregada a los guardianes durante un mes. Ellos harán de todo con su cuerpo. Después, podré casarme con ella y entonces será cuando sea ofrecida al resto de la Comunidad.

Celebraremos la gran comida y al finalizar, delante de mí, la poseerán. Si la aceptan, permanecerá siempre desnuda, accesible. Y cualquier macho podrá poseerla, usarla como le apetezca.

Yo miro avergonzado mi túnica y me pregunto cómo he podido correrme sin tocarme, cómo he podido correrme mientras follaban a mi novia delante de mi, delante de tanta gente. Me he corrido mientras me la estrenaban, sabiendo que, cuando vuelva a mí, todo su cuerpo, hasta el más pequeño rincón de su piel, ya habrá sido usado por otros hombres.


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